Rojo y blanco
Rojo y blanco El general conde N… era un hombre de bastante agradable aspecto, de entre sesenta y cinco y setenta años, alto, delgado, tieso, de muy buena presencia; conservaba aún una hermosa arrogancia, y algunos rizos muy cuidados de unos cabellos entre el rubio y el gris daban cierta gracia a una cabeza casi completamente calva. Su fisonomía revelaba un valor cierto y una gran resolución en obedecer; pero, por otra parte, la inteligencia era absolutamente extraña a sus rasgos.
Aquella cabeza gustaba menos la segunda vez que se la miraba, y a la tercera, parecía casi vulgar; se entreveía en ella algo así como un matiz de falsedad. Se veía que el Imperio y su servilismo habían pasado por ella.
¡Felices los héroes muertos antes de 1804!
Aquellas viejas caras del ejército del Sambre-et-Meuse se habían reblandecido en las antecámaras de las Tullerías y en las ceremonias de la iglesia de Notre-Dame. El conde N… había sido testigo del destierro del general Delmas después de aquel diálogo célebre:
—¡Qué hermosa ceremonia, Delmas! Es verdaderamente soberbia —dijo el emperador a la salida de Notre-Dame.
—Sí, general, únicamente han faltado los dos millones de hombres muertos por derribar lo que usted erige.