Rojo y blanco
Rojo y blanco La única cosa hábil que Leuwen escribió en su carta, consistía en suplicar una respuesta.
Concédame su perdón, y yo le juro, señora, un eterno silencio.
«¿Debo contestar? —se preguntaba la señora de Chasteller—. ¿No sería esto motivo para iniciar una correspondencia?».
Un cuarto de hora más tarde, se decía:
«Resistir continuamente a la felicidad que se presenta, incluso a la más inocente, ¿no es una vida bien triste? ¿Para qué estar siempre preocupada por cosas para las cuales no existe motivo? ¿No estoy ya lo bastante fastidiada por dos años de diatribas contra París? ¿Qué mal puede hacer esta última carta que recibirá de mí, si estará escrita de manera que puede ser examinada y comentada sin ningún peligro, incluso por las mujeres que se reúnen en casa, de la señora de Commercy?».