Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquella contestación tan meditada, que tanto la preocupaba, salió finalmente; contenía prudentes consejos dados dentro del tono de la amistad. Le exhortaba a contenerse o a curar una veleidad que todo lo más podía ser considerada como una fantasía sin consecuencias, si es que no era una pequeña ficción que había tenido la equivocación de permitirse para entretener el tedio de una vida de guarnición. El tono de la carta no era trágico, incluso la señora de Chasteller había querido que pareciera el de una correspondencia ordinaria, evitando las frases grandilocuentes sobre la virtud ultrajada. Pero a pesar suyo algunas frases de profunda seriedad se habían deslizado en la carta, como un eco de los sentimientos, de las penas y de los presentimientos de aquel alma agitada. Leuwen sintió esos matices más que apercibirse de ellos; una carta escrita por un alma completamente árida, le hubiese descorazonado por completo.
Apenas había depositado aquella carta en el correo, cuando la señora de Chasteller recibió la de siete páginas, escrita con tantos cuidados por Leuwen. Se sintió enajenada de ira y se arrepintió amargamente del tono de bondad que había empleado en la suya. Creyendo obrar bien, Leuwen había seguido, sin preocuparse demasiado en ello, las lecciones de vaga fatuidad y de política vulgar hacia las mujeres, que forman la parte más sublime de la conversación de los jóvenes de veinte años cuando no hablan de política.