Rojo y blanco

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La señora de Chasteller escribió inmediatamente cuatro líneas para rogar al señor Leuwen que no continuara una correspondencia que carecía de objeto; en caso contrario, la señora de Chasteller se vería forzada al desagradable procedimiento de devolver sus cartas sin abrirlas. Se apresuró a mandad aquella nota al correo.

Mortificada con aquella resolución invariablemente suspendida, ya que la había escrito, de devolver sin abrir las cartas que Leuwen pudiera dirigirle en lo sucesivo y creyendo haber roto completamente con él, la señora de Chasteller se encontró en mala compañía consigo misma; pidió sus caballos y quiso desembarazarse de algunas visitas obligadas. Empezó por los Serpierre. Le pareció recibir como un golpe en el pecho, cerca del corazón, al encontrar a Leuwen en el salón de aquellas damas jugando con las señoritas en presencia del padre y de la madre como si fuera un verdadero niño.

—¡Y bien!, ¿es que la presencia de la señora de Chasteller le desconcierta? —le dijo al cabo de un momento la señorita Théodelinde después de advertir su desazón, y sin proponerse alguna idea epigramática—. No es ya un buen muchacho. ¿Es que la señora de Chasteller le intimida?

—¡Pues bien!, es cierto, si es que debo de confesarlo —respondió Leuwen.


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