Rojo y blanco
Rojo y blanco La señora de Chasteller no pudo deshacerse de la obligación de tomar la palabra, pues el tono general de aquella familia la arrastraba a pesar suyo, y habló sin ninguna clase de severidad. Leuwen pudo responder y, por segunda vez en su vida, las ideas se le presentaron en multitud mientras se dirigía a la señora de Chasteller, y supo expresarlas.
«Sería conveniente demostrar aquí al señor Leuwen la severa frialdad que debo de tener —se dijo la señora de Chasteller para justificarse ante sus propios ojos—. El señor Leuwen no puede haber recibido mis cartas… Por otra parte, le estoy viendo quizá por última vez: Si mi indigno corazón continúa ocupándose de él, no tendré más remedio que irme de Nancy».
La imagen presentada por aquellas palabras enterneció a la señora de Chasteller a su pesar; era casi como si ella se hubiese dicho:
«Me iré del único país en el cual puede existir para mí algo de felicidad».
Por medio de aquel razonamiento, la señora de Chasteller se perdonó mostrarse agradable y alegre, lo mismo que la buena familia en medio de la cual se hallaba. Bien pronto la alegría ganó a todo el mundo y se encontraron todos tan bien, que la señorita Théodelinde pensó en la gran calesa de Leuwen, que utilizaban sin preocuparse de las conveniencias; fue a hablar en voz baja a su madre.