Rojo y blanco
Rojo y blanco —Vamos al «Cazador Verde» —dijo a continuación.
Aquella idea fue aprobada por aclamación. La señora de Chasteller se sentía tan triste en su propia casa, que no tuvo el valor de negarse a asistir a aquella excursión. Tomó a su lado en el coche a dos de las señoritas de Serpierre y todos juntos fueron hasta un hermoso café existente a una legua y media de la ciudad, entre los primeros grandes árboles del bosque de Burelviller. Aquellos cafés en medio de los bosques, en los cuales suele escucharse por la noche alguna música ejecutada por instrumentos de viento, y la facilidad con que se puede ir a ellos, son una costumbre alemana que, felizmente, empieza a penetrar en varias ciudades del Este de Francia.
En el bosque del «Cazador Verde», la dulce alegría y la llaneza de la conversación, fueron extraordinarias. Por primera vez durante mucho tiempo, Leuwen se atrevió a hablar delante de la señora de Chasteller, y a ella misma. Ésta le contestó, y en varias ocasiones no pudo evitar el sonreír mientras le miraba, llegando incluso a continuación a darle el brazo. Él se sentía perfectamente feliz. La señora de Chasteller veía a la mayor de las señoritas de Serpierre casi a punto de enamorarse de Leuwen.