Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquella tarde, en el café-hauss del «Cazador Verde», unos coros de Bohemia ejecutaban de manera encantar dora una música dulce, simple, un poco lenta. Nada podÃa haber más tierno, más intenso, ni más de acuerdo con el sol que se ocultaba detrás de los grandes árboles del bosque. De vez en cuando, algún rayo que pasaba a través de las profundidades de verdor, parecÃa animar aquella semi-oscuridad tan impresionante de los grandes bosques. Era uno de esos atardeceres encantadores que pueden figurar entre los más grandes enemigos dé la impasibilidad de corazón. Tal vez a causa de todo aquello, Leuwen, menos tÃmido sin ser por ello más osado, dijo a la señora de Chasteller, como impulsado por algo involuntario:
—Señora, ¿puede usted dudar de la sinceridad y de la pureza del sentimiento que me embarga? Sin duda valgo muy poco, nada soy en el mundo, ¿pero no ve usted que la amo con toda mi alma? Desde el dÃa de mi llegada, en que mi caballo cayó bajo su ventana, no he podido pensar en nada más que en usted y ello bien a pesar mÃo, ya que no me ha mimado precisamente con sus bondades. Le puedo jurar, aunque esto sea algo infantil y quizá ridÃculo ante sus ojos, que los momentos más dulces de mi vida han sido aquellos que he pasado bajo su ventana, las noches en que he ido.