Rojo y blanco

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La señora de Chasteller, que le daba el brazo, le dejaba hablar apoyándose casi sobre él; le miraba con ojos atentos, si no enternecidos. Leuwen casi le reprochó:

—Cuando regresemos a Nancy, cuando las vanidades de la vida se hayan apoderado nuevamente de usted, no podrá ver en mí más que a un simple subteniente. Se mostrará severa y me atrevo a decir que dura conmigo. No tendrá que esforzarse mucho para hacerme desdichado: solamente el miedo de haberla podido desagradar o molestar, bastará para quitar en mí toda tranquilidad.

Aquello fue dicho con un tono tan sincero y una naturalidad tan impresionante, que la señora de Chasteller contestó acto seguido:

—No crea usted nada de cuanto le digo en la carta que recibirá de mí.

Aquello fue dicho rápidamente. Leuwen contestó del mismo modo:

—¡Gran Dios! ¿Le habré podido molestar en algo?

—Sí; su extensa carta fechada el martes parece haber sido escrita por otro: quien me habla en ella es un alma seca y que abriga proyectos hostiles contra mí, casi la de un hombre minúsculo, fatuo y vanidoso.

—¡Vea usted las pretensiones que tengo! Vea que es la dueña de mi suerte, y aparentemente me hace muy desgraciado.


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