Rojo y blanco

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—No, su felicidad no debe depender de mí.

Leuwen se detuvo involuntariamente; la miró; contempló aquellos tiernos ojos amigos de la conversación, que había visto en el baile; pero aquella vez, parecían como velados por la tristeza. Si no hubiesen estado en medio de un claro, del bosque, a cien pasos de las señoritas de Serpierre que podían verles, Leuwen la hubiese abrazado, y la verdad es que ella no se lo hubiera impedido. Tal es el peligro de la sinceridad, de la música y de los grandes bosques.

La señora de Chasteller vio su imprudencia en los ojos de Leuwen, y sintió miedo.

—Piense usted en donde nos hallamos…

Y, avergonzada de aquello que parecía dar a comprender:

—No añada ni una sílaba más —dijo ella con una resolución severa—, o voy a tener que disgustarme con usted; paseemos.

Leuwen obedeció, pero la miraba, y ella veía toda la pena que él sentía al tenerla que obedecer y guardar silencio. Poco a poco, ella se fue apoyando sobre su brazo con más intimidad. Unas lágrimas, aparentemente de felicidad, humedecieron los ojos de Leuwen.

—¡Pues bien!, le creo a usted sincero, amigo mío —dijo ella después de un largo cuarto de hora de silencio.

—¡Soy muy feliz!


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