Rojo y blanco

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—Pero en cuanto no me halle a su lado, empezaré a temblar. Me inspira usted un verdadero terror.

—Tan pronto haya regresado a los salones de Nancy, se convertirá nuevamente para mí en aquella divinidad implacable y severa…

—Yo también tenía miedo de mí misma. Temblaba al pensar, que no tuviera usted ninguna estimación hacia mí, después de aquella estúpida pregunta que me atreví a dirigirle en el baile…

En aquel momento, al llegar a un pequeño recodo que hacía el sendero en el bosque, se encontraron únicamente a unos veinte pasos de dos de las señoritas de Serpierre, que se paseaban dándose el brazo. Luwen temió ver que todo terminaba para él, como después de aquella mirada del baile; fue iluminado por el peligro, y dijo muy rápidamente:

—Permítame usted vaya a verla mañana a su casa.

—¡Gran Dios! —exclamó ella con terror.

—¡Por favor!

—¡Bien!, le recibiré a usted mañana.

Después de haber pronunciado aquellas palabras, la señora de Chasteller estaba más muerta que viva. Las señoritas de Serpierre la encontraron pálida, sin apenas poder respirar, y notaron que sus ojos estaban velados. La señora de Chasteller pidió que ambas le dieran el brazo.


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