Rojo y blanco

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—Créanme ustedes, amigas mías, que el fresco de la tarde me ha hecho mal. Si lo desean, podemos subir a los coches.

Así lo hicieron. La señora de Chasteller subió en él suyo a las más jóvenes de las señoritas de Serpierre y la noche que caía ya por completo, le hizo que no temiera sus miradas.

Durante la vida de estudiante y de joven de mundo, seguida hasta entonces, jamás Luciano había encontrado en sí mismo una emoción que le agitara tanto como la que sufría en aquellos momentos. Era por instantes como aquéllos por los que vale la pena vivir.

—¡Es usted un estúpido, en verdad! —le dijo ya en el coche la señorita Théódelinde.

—¡Piensa, hija mía, que estás mostrando muy poca delicadeza! —dijo la señora de Serpierre.

—Es que está insoportable esta noche —replicó la buena provinciana.

Y es a causa de esta ingenuidad, aún posible en provincias, que es posible amarla. Hay en ella impulsos de naturalidad y de verdad, entre los jóvenes, sin consecuencias, ni se permiten caras extrañas llenas de sospechas.


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