Rojo y blanco

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«Esta persona tan mal intencionada responderá de mí misma» —pensó la señora de Chasteller.

Y la severidad de aquel castigo tranquilizó su propia conciencia. La señora de Chasteller se perdonó casi la entrevista tan ligeramente concedida a Leuwen.

La reputación de la señorita Bérard estaba tan consolidada, que el propio doctor Du Poirier, que fue el intermediario del cual se sirvió la señora de Chasteller, no pudo contener una exclamación:

—¡Señora, piense usted en la clase de serpiente que introduce en su casa!

Llegó la señorita Bérard; su extraordinaria curiosidad, más que el placer de la colocación conseguida, hacían vivaz su mirada oblicua, que de ordinario no era más que falsa y maligna. Llegó con una lista de condiciones pecuniarias y de otra clase. Después de haber dado su consentimiento a ellas, la señora de Chasteller añadió:

—La invito, a usted a que se instale en este salón, donde recibo las visitas.

—Tengo el honor de hacerle observar, señora, que en casa de lady Beatown mi sitio estaba en el segundo salón, el que corresponde a las damas que acompañan a las princesas, lo que quizá fuera más conveniente. Mi nacimiento…

—¡Pues bien!, sea, señorita; instálese usted en el segundo salón.


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