Rojo y blanco
Rojo y blanco La señora de Chasteller se alejó de ella y fue corriendo a encerrarse en su habitación. La mirada de la señorita Bérard le hacía sentirse mal.
—Mi imprudencia de ayer queda reparada en parte —pensó.
Si no hubiese tenido en su casa a la señorita Bérard, la señora de Chasteller se hubiera estremecido al oír el más ligero ruido: Le parecía escuchar al lacayo anunciando al señor Leuwen.