Rojo y blanco
Rojo y blanco Llamó. El ruido de las campanillas, extendiéndose por los pisos de la casa, le hizo sentirse mal. Al fin, abrieron.
El criado fue a anunciarle, mientras le rogaba que esperase en el segundo salón, donde encontró a la señorita Bérard. Observó que ésta no parecía hallarse de visita, sino más bien instalada para permanecer allí. Aquella visión terminó por desconcertarle completamente, saludó con respeto y se fue al otro extremo del salón a mirar atentamente un grabado.
Al cabo de pocos minutos apareció la señora de Chasteller. Su tez estaba animada, su actitud agitada; tomó asiento en un sofá cerca de la señorita Bérard. Invitó a Leuwen a que se sentara. Jamás un hombre encontró menos facilidad en poder hacerlo y en hallar las más comunes fórmulas de salutación. Mientras pronunciaba muy poco distintamente frases bastante vulgares, la señora de Chasteller se había puesto intensamente pálida, ante lo cual la señorita Bérard se colocó sus lentes para considerar más detalladamente el hecho.