Rojo y blanco
Rojo y blanco Leuwen paseaba su mirada incierta desde la cara de la señora de Chasteller a aquella cara amarilla y reluciente, cuya puntiaguda nariz cargada con unos lentes de oro se había vuelto hacia él. Incluso en los momentos más desagradables, como era aquél, merced a la prudencia de la señora de Chasteller, aquella primera entrevista de las dos personas, al día siguiente del que casi se habían declarado que se amaban, había en el fondo de los rasgos de la cara de la señora de Chasteller una expresión de sencilla felicidad, una facilidad a ser inducida a un entusiasmo tierno, que Leuwen fue sensible a aquella expresión tan noble, y le hizo olvidar un poco a la señorita Bérard.
Degustaba con delicia el intenso placer de descubrir una nueva perfección en la mujer que amaba. Este sentimiento proporcionó un poco de vida a su corazón, y pudo respirar; empezaba a salir del abismo de desconcierto en qué le había lanzado la imprevista presencia de la señorita Bérard. Quedaba todavía una gran dificultad que vencer: ¿qué era lo que tenía que decir? Era preciso hablar, pues el silencio, al prolongarse, constituiría una imprudencia en presencia de aquella malintencionada devota. Mentir era algo espantoso para Leuwen y, no obstante, era necesario que la señorita Bérard no pudiese repetir las palabras que Leuwen empleara.