Rojo y blanco

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—Hace un tiempo magnífico, señora —pudo decir al fin. (La respiración le faltó después de aquella terrible frase. Recurrió a todo su valor y consiguió añadir:)… Tiene usted aquí un magnífico grabado de Morghen.

—A mi padre le gusta mucho, señor. Lo trajo de París en su último viaje…

Sus turbados ojos buscaban no fijarse en los de Leuwen.

Lo cómico de aquella entrevista y lo qué la hacía humillante para la íntima conciencia de Leuwen, era que había empleado una noche entera sin dormir, preparando una serie de frases encantadoras, emotivas, pintando con su imaginación admirablemente el estado de su corazón. Sobre todo había pensado darles una expresión de sencillez y de gracia, evitando también con cuidado todo cuanto pudiera implicar el más débil rayo de esperanza.

Después de haber hablado del grabado de Morghen pensó:

«El tiempo va pasando, y lo pierdo en estas pobres insignificancias, como si solamente quisiera que llegase el fin de la visita. ¡Cuántos reproches no me haré en cuanto me halle fuera de esta casa!».


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