Rojo y blanco

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Con un poco de sangre fría, nada hubiera habido en las costumbres de Leuwen más fácil que encontrar cosas agradables que decir, incluso en presencia de una solterona, sin duda mala, pero probablemente también muy era imposible a Leuwen inventar nada. Tenía miedo de sí mismo, sentía también miedo, todavía mayor, de la señora de Chasteller, y un terror manifiesto por la señorita Bérard. Pues nada es menos favorable a la Inventiva que el miedo. Lo que aumentaba la dificultad de encontrar algo pasable, es que Leuwen se juzgaba a sí mismo perfectamente e incluso exageraba el ridículo y la aridez de su espíritu. Por fin se le ocurrió una pequeña idea:

—Me sentiré muy feliz, señora, si pudiera llegar a convertirme en un buen oficial de caballería, ya que parece que el cielo no me ha destinado precisamente a ser un poco inteligente. Sin embargo, en aquellos momentos le orador elocuente en la Cámara de los diputados.

Vio que la señorita Berard abría sus pequeños ojos todo cuanto le era posible.

«Bien —se dijo—, ella cree que estoy hablando de política y está pensando en el informe que debe dar».


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