Rojo y blanco

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—No podría abogar delante de los diputados las causas por las cuales me sintiera más profundamente interesado. Lejos de la tribuna me sentiría atormentado por la vivacidad de los sentimientos que inflamarían mi alma; pero al abrir la boca delante de aquellos jueces supremos y sobre todo severos, a los cuales temería no gustar, me sería imposible decirles: «Ya veis mi turbación, esta cuestión llena de modo tal mi corazón que no me queda ni fuerza para presentarla delante de vuestros propios ojos».

La señora de Chasteller había escuchado al principio con placer, pero hacia el Anal de aquel discurso sintió miedo de la señorita Bérard; las frases de Leuwen le parecían excesivamente transparentes. Se dio prisa en interrumpirle.

—¿Tiene usted, señor, alguna esperanza de ser elegido para la Cámara de los diputados?

Leuwen buscaba el modo de responder con modestia a sus esperanzas, cuando se le presentó una idea en su mente:

«He aquí, pues, aquella entrevista que había considerado como mi felicidad suprema».

Esta reflexión le dejó helado. Añadió algunas frases cuya vulgaridad despertó lástima de sí mismo: Súbitamente se levantó, apresurándose a salir de aquella habitación en Ja que la esperanza de entrar había constituido su mayor felicidad.


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