Rojo y blanco

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En cuanto llegó a la calle, quedó atónito y como estúpido.

«Estoy curado —se dijo después de haber dado algunos pasos—. Mi corazón no está hecho para el amor. ¡Vaya! ¡Ésta ha sido la primera entrevista, la primera cita con una mujer que amo! ¡Qué equivocado estaba al despreciar a mis bailarinas de la Opera! Las citas con ellas me hacían pensar únicamente en lo que sería una con alguna mujer a la que amara verdaderamente. Esta idea me hacía entristecer en algunos de aquellos momentos tan alegres. Pero quizá yo no siento ningún amor… Tal vez estoy equivocado… ¡Qué ridículo! ¡Cuánta imposibilidad! ¡Amar yo a una mujer ultra, con sus ideas egoístas, miserables, a caballo de sus privilegios, irritada veinte veces al día por lo cual tiene tendencia a burlarse de todos! Tener un privilegio del que todo el mundo puede burlarse, ¡vaya placer!».

Mientras se decía todo esto, pensaba en la señorita Bérard, la veía delante de sus ojos con su pequeña cofia de puntillas amarillas sostenida por una cinta de color verde descolorido. Aquella magnificencia poco limpia y decadente era para él como la idea de una ruina cochambrosa.

«He aquí lo que habría encontrado en este partido al verle más de cerca».


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