Rojo y blanco

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Se hallaba a cien leguas del recuerdo de la señora de Chasteller; y de improviso retornó a él su recuerdo.

«… Y no solamente creía amarla, sino que creía ver claramente que ella sentía por mí un principio de afecto».

En aquel momento hubiese pensado en cualquier cosa con más placer que en la señora de Chasteller. Era la primera vez desde hacía tres meses que se hallaba en presencia de aquella rara sensación.

—¡Vaya! —se dijo con una especie de horror—, no hace ni diez minutos que estaba diciendo frases tiernas a la señora de Chasteller y debía de estar mintiendo. ¡Y ello, después de lo sucedido ayer en los bosques del «Cazador Verde», después de los transportes de felicidad que, desde aquel instante, me han tenido trastornado hasta el punto de que esta mañana, durante la instrucción, me han hecho equivocar dos o tres veces las órdenes que daba! ¡Gran Dios! ¿Puedo saber a qué atenerme en algo de mí mismo? ¿Quién me lo hubiera dicho ayer? ¡Soy, pues, un desequilibrado, un niño!

Todos aquellos reproches que se hacía, eran sinceros, pero no sentía menos claramente, que ya no amaba a la señora de Chasteller. Pensar en ella era algo fastidioso. Aquel último descubrimiento terminó por turbar a Leuwen. Se despreciaba a sí mismo:


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