Rojo y blanco
Rojo y blanco «Mañana quizá me habré convertido en un asesino, en un ladrón, en cualquier cosa. No estoy seguro de nada en lo que a mí se refiere».
Mientras andaba por la calle, Leuwen observó que estaba pensando en todas las minucias de Nancy con un nuevo interés.
Muy cerca de la calle de la Pompe había una pequeña capilla gótica fundada por Renato, duque de Lorena, que los habitantes admiraban con transporte de artista, desde que hacía tres años leyeron en una revista de París que se trataba de un hermoso edificio. Antes de aquella época, un almacenista de hierro lo utilizaba para guardar sus vigas. Nunca se había detenido Leuwen a mirar las pequeñas aristas grises de aquella oscura, capilla, o si la observaba durante un instante, bien pronto se le aparecía en su imaginación la señora de Chasteller y le distraía de cuanto contemplaba. La casualidad, en aquel momento, le puso frente a este monumento gótico, del tamaño de una de las más pequeñas capillas de Saint-Germain-l’Auxerrois. Se detuvo ante ella durante largo tiempo, con deleite, fijando su atención en los más mínimos detalles; en una palabra, aquello constituyó una agradable distracción. Mientras examinaba las pequeñas cabezas de santos y de animales, sentíase extrañado a la vez de lo que experimentaba y de lo que había dejado de experimentar.