Rojo y blanco
Rojo y blanco De repente recordó, con verdadera alegría, que aquella noche se celebraba un concurso en el billar Charpentier. En la aridez de su corazón esperó la hora del billar con impaciencia, y fue el primero en llegar. Jugó con intenso placer, no cometió ninguna distracción, y, por suerte, ganó. Pero tuvo mucho cuidado de no emborracharse: beber con exceso le hubiese parecido aquel día un estúpido placer. Únicamente, y como un resto de su costumbre, procuraba no encontrarse a solas consigo mismo.