Rojo y blanco

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Todas aquellas frases, bastante espontáneas, ya que quienes las pronunciaban carecían por completo de tacto, no proporcionaron a Leuwen ningún sentimiento desagradable ni el menor deseo de enfadarse.

A la una de la madrugada, cuando se encontró solo consigo mismo, se dijo:

«¿No hay en el mundo ninguna otra mujer en que pensar que no sea la señora de Chasteller? ¿Cómo podré deshacerme de esta especie de compromiso que tengo con ella? Podría rogar al coronel que me mandara a N… a hacer la guerra de tomatazos contra los obreros. Sería muy poco correcto no hablarle más; parecería que he considerado como un juego lo de…

»Si tengo que decirle con sinceridad que la visión de su abominable devota ha helado mi corazón, ella me despreciará como a un imbécil o a un embustero y no volverá a dirigirme la palabra en su vida».

«¡Pero qué! —se decía Leuwen volviendo sobre el principio de su conducta—; un sentimiento tan intenso, tan extraordinario, que llenaba literalmente mi vida, los días, las noches sin dormir, que pudo hacerme olvidar a la patria, aniquilarme, ¡por una miseria semejante!… ¡Gran Dios! ¿Serán iguales todos los hombres? ¿O es que soy yo más loco que los demás? ¿Quién podría resolverme este problema?».


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