Rojo y blanco
Rojo y blanco Sin embargo, todo aquel detalle de belleza no hacía nada en favor del amor de Leuwen; no renacía. Se hablaba a sí mismo de la señora de Chasteller como una persona entendida en arte habla de una hermosa estatua que desea vender.
«Después de todo, es preciso que sea devota en el fondo: haber desenterrado esa execrable señorita de compañía lo prueba definitivamente. En este caso la habría visto criticona, mala, agria… Y a propósito, ¿qué hay de los tenientes coroneles?…».
Leuwen empleó mucho tiempo en aquel pensamiento.
«Me gustaría mucho más —se dijo finalmente distraído—, si fuese un poco más aficionada a los tenientes coroneles que devota; no hay nada peor que esto, según dice mi madre: Quizá —continuó con el mismo talante— no sea más que un asunto de rango. Desde 1830, las personas de su casta están persuadidas de que pueden conseguir poner de moda la piedad, y encontrarían así a los franceses más fáciles de doblegar ante sus privilegios. El verdadero devoto es paciente…».
Pero era evidente que Leuwen no pensaba ni mucho menos en lo que se decía a sí mismo.
En aquel momento, un criado llegado de Darney le entregó la contestación de la señora de Chasteller a su carta de siete páginas. Eran, como ya se ha dicho, cuatro líneas muy secas. Le dejaron vivamente impresionado.