Rojo y blanco

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«¡Soy un verdadero bobo al creerme el centro del mundo! —se dijo Leuwen—. El coronel es como yo, también tendrá sus preocupaciones, y si no me gruñe, será que me ha olvidado».

Durante todo el tiempo que duró la instrucción, Leuwen no había podido pensar en nada más: temía cometer alguna distracción. Una vez en su casa, cuando se atrevió a examinar nuevamente su corazón, se encontró muy diferente con respecto a la señora de Chasteller. Aquel día fue el primero en llegar, a la pensión.

Aunque no era correcto presentarse en casa de los Serpierre antes de las cuatro y media, pidió su calesa a las cuatro en punto. Estaba inquieto; fue a ver cómo enganchaban los caballos, y encontró veinte cosas que criticar en los establos. Finalmente, con sensible placer, a las cuatro y cuarto se encontró entre las señoritas de Serpierre. La conversación agitó su alma, e intervino en ella con gracia. La señorita Théodelinde, que sentía verdadera inclinación hacia él, se mostró alegre y él también tomó parte en aquella alegría.

Entró la señora de Chasteller. No la esperaban aquel día. Jamás la había visto tan hermosa. Estaba pálida y se mostraba algo tímida.

«¡Y a pesar de esta timidez —se dijo Leuwen—, se entrega a los tenientes coroneles!».


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