Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquellas frases groseras parecieron devolverle toda su pasión. Pero Leuwen era demasiado joven, muy poco preparado para el mundo. Sin darse cuenta, se mostró rudo y poco amable con la señora de Chasteller. Su amor tema algo de felino: tampoco era ya el mismo hombre de la víspera.
Las señoritas de Serpierre estaban muy alegres: Uno de los criados de Leuwen acababa de entregarles en su nombre unos magníficos ramos de flores que había hecho recoger en la serranía de Darney, región célebre por sus flores. Sucedió que no había ramo para la señora de Chasteller; se vieron obligadas a partir en dos el más bello.
«Esto constituye un triste augurio», pensó ella.
Mientras duró la alegría de las señoritas de Serpierre, estuvo un poco cohibida. Todo cuanto había de brusco y poco amable en las miradas de Leuwen, la extrañaba. Se preguntaba si para conservar su estimación y no faltar al justo cuidado que debía a su honor, sin el cual tina mujer no podía ser amada seriamente por ningún hombre un poco delicado, debía salir de aquella casa, o por lo menos parecer ofendida.
«No —se dijo—, ya que en realidad no lo estoy. En cualquier sitio donde me encuentro con él me turbo, y no puedo faltar a mis deberes más que permitiéndome alguna pequeña hipocresía».