Rojo y blanco
Rojo y blanco —Ya quisiera yo ver al señor mariscal —continuó el barón con impaciencia—, entre una nobleza rica, bien unida, que nos desprecia abiertamente y se burla de nosotros las veinticuatro horas del dÃa, y entre unos burgueses dirigidos por los curas finos como el ámbar, que dirigen también a todas las mujeres que tengan algo de dinero. Por otro lado, todos los jóvenes de la ciudad, no nobles o no devotos, son republicanos rabiosos. Si mi mirada se detiene por casualidad en alguno de ellos, me muestra una pera o algún otro emblema sedicioso. Incluso los niños que van al colegio me enseñan peras; si los jóvenes me ven a doscientos pasos de mis centinelas, me silban desaforadamente; además, por medio de cartas anónimas, me ofrecen satisfacción con una serie de injurias infernales; y estas cartas anónimas contienen a veces también un pequeño pedazo de papel con el nombre y la dirección del que las escribe. ¿Suceden cosas parecidas en ParÃs? No más tarde que anteayer, el señor Ludwig Roller, un ex oficial muy bravo, cuyo criado fue muerto por casualidad, cuando las algaradas del 3 de abril, me ha incitado a tener un duelo a pistola fuera de los lÃmites de la circunscripción de la división. ¡Pues bien!, ayer, tal insolencia fue la comidilla de toda la ciudad.
—Debe usted mandar las cartas al procurador del rey; ¿vuestro procurador del rey no es hombre enérgico?