Rojo y blanco
Rojo y blanco Una hora más tarde, Leuwen estaba en casa de la señora d’Hoquincourt, pero la de Chasteller no llegó hasta muy tarde.
El tiempo pasaba volando para nuestro héroe. Los enamorados son tan felices durante los momentos en que están juntos, que el lector, en vez de simpatizar con la descripción de tal felicidad, sentirÃa celos de ella y se vengarÃa, como de ordinario, diciendo: «¡Santo Dios! ¡Qué libro tan soso!».