Rojo y blanco

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Estaba sola, sin la señorita Bérard. Leuwen cogió su mano con pasión. Dos minutos después, fue algo sublime para él cuando se dio cuenta de que la amaba como nunca. Si hubiese tenido un poco más de experiencia, la hubiese obligado, a decir que le amaba. Con audacia, hubiese podido lanzarse en los brazos de la señora de Chasteller con la seguridad de no ser rechazado. Cuando menos, podía establecer, una especie de tratado de paz sumamente ventajoso a los intereses de su amor. En lugar de todo aquello, no adelantó nada y, sin embargo, sentíase perfectamente feliz.

Se había dicho y creído en Nancy que el disparo de revólver hecho por uno de los obreros de N. Había matado a un joven oficial de lanceros. Al enterarse del rumor, la señora de Chasteller sintió miedo, comprendió la situación y se sintió enternecida.

—Es preciso que se marche usted —le dijo ella, con un aire triste que quería ser severo.

Leuwen tuvo miedo de molestarla y cedió.

—¿Puedo tener la esperanza, señora, de volverla a ver en casa de los d’Hoquincourt? Hoy es su día de visita.

—Es muy posible, y le ruego que también vaya usted; ya sé que no siente ninguna molestia al encontrarse con esa mujer tan joven y hermosa.


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