Rojo y blanco

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—Señora —continuó Leuwen con un fuego y una especie de indignación virtuosa—, estoy como lanzado en medio del mar. Nado para no ahogarme, y usted me dice con tono de reproche: «¡Me parece, señor, que está moviendo los brazos!». ¿Tiene usted bastante buena opinión sobre la fuerza de mis pulmones, hasta creer que pueda ser suficiente para rehacer la buena educación de todos los habitantes de Nancy? ¿Quiere que me cierre todas las puertas y que no pueda ir a ningún sitio más que a su casa? Y aún más, bien pronto sentiría usted vergüenza por recibirme, como se considera vergonzoso su deseo de regresar a París. Es cierto que sobre todas las cosas, creo que incluso acerca la hora que es, pienso de forma contraria a los habitantes de esta región. ¿Desea usted que me reduzca a Un completo silencio? Únicamente a usted, señora, digo lo que pienso, incluso sobre política, donde figuramos en partidos enemigos; y por usted sola, para poder estar a su lado, he tenido que perfeccionar esta costumbre de mentir que adopté el día en que para deshacerme de la reputación de republicano, fui a los Penitentes guiado por el honesto doctor Du Poirier. ¿Desea usted que a partir de mañana diga lo que pienso y que rompa con todo el mundo? No volvería a la capilla de los Penitentes, en casa de la señora de Marcilly no me fijaría más en el retrato de Enrique V, del mismo modo que en casa de la señora de Commercy dejaría de escuchar las absurdas homilías del abate Rey, y por lo menos en ocho días no podría verla a usted.


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