Rojo y blanco

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—El señor de Serpierre me interceptó el paso. Maldiga usted a la provincia, en la cual no se puede vivir sin ser hipócrita en todo, o maldiga la educación que he recibido y que me ha abierto los ojos sobre las tres cuartas partes de las estupideces humanas. Me ha reprochado usted alguna vez que la educación de París impide sentir, esto es imposible, pero en compensación, enseña a ver claro. Yo no poseo ningún mérito y se equivocaría usted si me acusara de pedantería; la culpa es de las personas inteligentes que se reúnen en el salón de mi madre. Basta con ver claro para comprender la absurdidad de personas como los señores de Puylaurens, de Sanréal, de Serpierre, d’Hoquincourt, para descubrir la hipocresía de los señores Du Poirier, del prefecto Fléron o del coronel Malher, todos ellos bellacos más despreciables que los primeros, los cuales, por estupidez más que por egoísmo, prefieren ingenuamente la felicidad de doscientos mil privilegiados, antes que la de treinta y dos millones de franceses. Pero me parece que estoy haciendo propaganda, lo que sería emplear de manera bien poco agradable el tiempo que paso al lado de usted. Ayer, ¿quién le parecía a usted que tenía razón?: ¿el señor de Serpierre, al que no combatía sus razonamientos, o yo, de quien usted conocía los verdaderos pensamientos?



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