Rojo y blanco

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—¡Ay!, los dos. Veo que usted me cambia, quizá para mal. Cuando estoy sola, me sorprendo al creer que hayan podido enseñarme expresamente tan singulares mentiras en el convento del Sagrado Corazón. Un día que tuve una discusión con el general (se refería al señor de Chasteller), éste me lo dijo casi todo, y a continuación pareció arrepentirse de ello.

—Acababa de herir sus intereses de marido. Es preferible que una mujer aburra a su esposo por falta de ingenio y que sea fiel a sus deberes. En esto, como en otras cosas, la religión es el más firme puntal del poder despótico. Yo no temo herir mis intereses de enamorado —añadió Leuwen con noble orgullo—; y después de esta prueba estoy seguro de mí en todo lo que pueda pasar.

Tomar un amante es una de las acciones más decisivas que pueda permitirse una mujer. Si no tiene un amante, se aburre mortalmente, y hacia los cuarenta años se convierte en una imbécil; entrega su amor a un perro con el que se distrae, o bien un confesor se ocupa de ella, ya que un verdadero corazón de mujer tiene necesidad del afecto de un hombre, como nosotros de un compañero para conversar. Si tiene un amante que es hombre indigno, una mujer se precipita en la posibilidad de las más espantosas desdichas… Nada había más ingenuo y a veces más tierno en la entonación de la voz, que las objeciones de la señora de Chasteller.


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