Rojo y blanco

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Fue precisamente después de conversaciones de este género, cuando le pareció imposible a Leuwen que la señora de Chasteller hubiese tenido relaciones íntimas con el teniente coronel del 20.º regimiento de húsares.

«¡Gran Dios! ¡Qué no daría yo para tener, solamente durante un día, el golpe de vista y la experiencia de mi padre!».

Aunque bien tratado por regla general y creyéndose amado cuando pensaba las cosas fríamente, no se acercaba nunca a la señora de Chasteller sin sentir una especie de terror. Nunca pudo evitar cierto sentimiento de turbación cuando llamaba a su puerta: en ningún momento se sintió seguro sobre la manera en que iba a ser recibido. A doscientos pasos de la residencia de los Pontlevé, en cuanto la veía, se ponía fuera de sí. Cuando alguien de la localidad le saludaba, le devolvía el saludo con turbación. La anciana portera de los Pontlevé constituía para él un personaje fatal, al que no podía hablar sin que le faltara la respiración.

A menudo, sus frases se embrollaban mientras hablaba con la señora de Chasteller, cosa que no le sucedía con ninguna otra persona. De este ser era de quien la señora de Chasteller sospechaba fuera un fatuo, y al que ella también miraba con cierto terror. Era a sus ojos el dueño absoluto de su felicidad.


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