Rojo y blanco
Rojo y blanco Una tarde, la señora de Chasteller tuvo que escribir urgentemente una carta.
—Aquà tiene usted un periódico para que se distraiga —dijo riendo, mientras entregaba a Leuwen un número de los Débats.
Luego se fue alegremente hacia un pupitre cerrado que tomó y depositó sobre la mesa situada entre Leuwen y ella. Mientras abrÃa el pupitre, inclinándose, con una pequeña llave atada a la cadena de su reloj, Leuwen se acercó a la mesa y le besó la mano.
La señora de Chasteller levantó la cabeza: no era la misma mujer.
«Hubiese podido también besarme en la cara», pensó.
El pudor herido la puso fuera de sÃ.