Rojo y blanco

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—¿No podré, pues, tener nunca la más mínima confianza en usted? —exclamó mientras sus ojos expresaban la más viva indignación— ¡Cómo! ¡Le recibo en mi casa cuando debería mantener cerrada la puerta para usted, como para todo el mundo; le admito en una intimidad peligrosa para mi reputación, de la cual debería usted respetar las leyes (aquí su cara y su voz adoptaron el aire más altanero); le trato como a un hermano, le invito a leer un momento, mientras voy a escribir una carta indispensable, y sin motivo alguno, sin ninguna gracia, se aprovecha usted de mi poca desconfianza para permitirse un acto tan humillante, tanto para usted como para mí! En fin, señor, veo que he cometido una equivocación recibiéndole en mi casa.

Había en su tono de voz y en su aspecto general toda la frialdad y resolución que su orgullo pudiera desear. Leuwen comprendía perfectamente y estaba aterrado.

Esta cobardía, por su parte, aumentó el coraje de la señora de Chasteller. Él debía haberse levantado, saludar fríamente a la señora de Chasteller y decirle:

—Está usted exagerando, señora. De una pequeña imprudencia sin consecuencia y tal vez estúpida por mi parte, hace usted un verdadero folletón. Amaba a una mujer superior por su espíritu y belleza, y en verdad, en este momento, únicamente la encuentro a usted hermosa.


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