Rojo y blanco
Rojo y blanco Al decir estas hermosas frases, debía haber tomado su sable, ceñírselo tranquilamente y salir.
Lejos de ello, sin pensar en tomar semejante decisión, que hubiese encontrado excesivamente cruel para sí y demasiado peligrosa, Leuwen se limitó a mostrarse desolado por ser despedido. Se había puesto en pie, pero no se iba; intentaba encontrar, evidentemente, un pretexto para quedarse.
—Le cederé a usted el sitio, señor —continuó la señora de Chasteller con una educación perfecta, a través de la cual se podía adivinar toda su altivez, y como despreciando a aquel que no pertenecía a su clase.
Mientras ella recogía el pupitre para llevárselo, Leuwen, completamente encolerizado, le dijo:
—Perdón, señora, me olvidaba.
Y se fue, enajenado de despecho contra sí mismo y contra ella.
Lo único que hubo de acertado en su conducta más que el tono con que fueron pronunciadas estas últimas palabras; pero no se trataba de algo que fuera producto del talento, sino debido simplemente al azar.
Una vez fuera de aquella casa fatal y liberado de las miradas curiosas de los criados, poco acostumbrados a verle salir a aquella hora, se dijo: