Rojo y blanco

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«¡Hay que reconocer que soy como un niño pequeño al dejarme tratar de este modo! No he conseguido otra cosa que lo que verdaderamente merezco. Cuando estoy cerca de ella, en vez de intentar crearme una posición conveniente, no pienso más que en contemplarla como un niño. A mi regreso de la expedición a N…, hubo un momento en el que solamente de mí dependía poderme asegurar los privilegios más sólidos. Hubiese podido obtener que ella me confesara claramente su amor, y poderla abrazar cada día al llegar y al salir. ¡Y, no obstante, ni siquiera puedo besarle la mano! ¡Oh, gran estúpido!».

Así se hablaba Leuwen huyendo por la calle principal de Nancy. Se hacía también muchos otros reproches.

Lleno de desprecio para consigo mismo, tuvo sin embargo bastante inteligencia para decirse:

«Debo hacer algo».

Se sentía más embarazado que nunca, ya que aquél era el día de recibo de la señora de Marcilly, casa de la más alta virtud, en la cual, en presencia de un busto de Enrique V, las cabezas sensatas del país se reunían para comentar la Quotidienne y perder treinta sueldos al whist.


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