Rojo y blanco
Rojo y blanco Leuwen pasó muchos apuros para salir airoso de las preguntas que le hacia la señora d’Hoquincourt. No carecía ella en absoluto de cierta inteligencia, que se encontraba diariamente al servició de una firme voluntad y de una intensa pasión; había conseguido todas las costumbres del sentido común. Leuwen, en un principio, se hallaba excesivamente ocupado por su ira para poderla engañar. En un momento en que mientras respondía a la señora d’Hoquincourt, pensaba, a pesar suyo, en lo que le había sucedido con la señora de Chasteller, se sorprendió al comprobar que estaba dirigiendo frases galantes, casi diciendo cosas agradables y personales a la mujer que, con actitud de elegante indiferencia y adoptando el más vivo interés, se encontraba medio tendida sobre un sofá a dos pasos de él.
En boca de Leuwen, aquel lenguaje tenía para la señora d’Hoquincourt, todo el encanto de la novedad. Leuwen observó que la señora d’Hoquincourt, ocupada en adoptar una actitud encantadora, mientras se miraba en el espejo de un armario cercano, cesaba de atormentarle hablándole de la señora de Chasteller. Nuestro héroe, vuelto maquiavélico por desventura, se dijo:
«El lenguaje de la galantería, con una mujer joven que me hace el honor de escucharme casi con seriedad, no puede dispensarme de tomar hacia ella un tono audaz y casi apasionado».