Rojo y blanco

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Hay que declarar que Leuwen, mientras se hacía este razonamiento, encontraba un intenso placer en no mostrarse como un niño con todo el mundo. Durante aquellos momentos, la señora d’Hoquincourt iba de descubrimiento en descubrimiento. Empezaba a encontrarle el hombre más agradable de Nancy. Aquello era tanto más peligroso cuando hacía ya más de dieciocho meses que duraba el señor d’Antin, lo cual constituía un reinado muy largo que extrañaba a todo el mundo.

Felizmente para su duración, la entrevista a solas fue interrumpida por la llegada del señor de Murcé. Era éste un hombre alto, joven y delgado, que llevaba con orgullo una pequeña cabeza coronada de cabellos muy negros. Extremadamente taciturno al principio de una visita, su mérito consistía en una alegría perfectamente natural y francamente divertida a causa de su ingenuidad, pero que no adoptaba más que después de pasada una hora o dos. Era un ser profundamente provinciano, pero no obstante muy agradable. Ninguna de sus bromas hubieran podido ser dichas en París, aunque eran sinceramente divertidas y se adaptaban por completo a su manera de ser.




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