Rojo y blanco

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Poco después llegó otro amigo de la casa, el señor de Goello. Era un hombre grueso y rubio, pálido, muy instruido, pero poco inteligente, que se escuchaba al hablar y decía por lo menos una vez al día que aún no contaba cuarenta años, lo que era verdad: había cumplido treinta y nueve. Por otra parte, era hombre prudente. Contestar que sí a la más simple pregunta o adelantar, si la ocasión se presentaba, una silla a alguien, constituía temas de deliberación que le ocupaban durante un cuarto de hora. Cuando se trataba de hacer algo rápidamente, afectaba las formas de la campechanería más infantil. Desde hacía cinco o seis años estaba enamorado de la señora d’Hoquincourt y esperaba pacientemente que le llegara el tumo, aunque a veces pretendía hacer creer a los recién llegados que su turno ya había llegado y pasado.

Un día, en un café, al verle la señora d’Hoquincourt ocupado en representar este papel, le dijo:

—Tú eres un futuro, mi pobre Goello, que se está haciendo pretérito, pero que jamás será presente.

En momentos de excitación, tuteaba a sus amistades sin que nadie encontrase en ello nada de indecente; se sabía que era debido a la intensidad de sus bríos, que es cosa que se halla a mil leguas de los sentimientos tiernos.

Al señor de Goello le siguieron, a intervalos cada vez más cortos, cuatro o cinco personas jóvenes.


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