Rojo y blanco
Rojo y blanco «Verdaderamente, son todo lo mejor que hay entre las personas alegres de la ciudad», se dijo Leuwen al verles llegar.
—Acabo de salir de casa de la señora de Marcilly —dijo uno de ellos—, donde todos están tristes y afectan estarlo todavĂa más.
—Es lo que ha sucedido en N… lo que les hace tan agradables.
—Yo —decĂa otro, extrañado por la manera con que la señora d’Hoquincourt miraba a Leuwen—, cuando vi que no estaba allĂ la señora d’Hoquincourt, la de Puylaurens, ni la de Chasteller, pensĂ© que no me quedaba más recurso que enterrar mi velada en una botella de Champagne. Es lo que hubiese hecho si llego a encontrar cerrada la puerta de la señora d’Hoquincourt.
—Pero, mi pobre Téran —dijo la señora d’Hoquincourt ante aquella alusión hostil a la reputación de Leuwen—, no se debe amenazar con emborracharse, sino hacerlo. Hay que tener bastante inteligencia para darse cuenta de esta diferencia.
—Nada hay más difĂcil, en efecto, que saber beber —replicĂł el pedante Goello. (Todo el mundo temiĂł iniciara la explicaciĂłn de alguna anĂ©cdota).
—¿Qué vamos a hacer? —exclamaron a la vez Murcé y unos de los condes Roller.