Rojo y blanco
Rojo y blanco Era la pregunta que todos se hacían sin que nadie encontrase una respuesta, cuando se presentó el señor; d’Antin. Su aspecto sonriente aclaró todas las frentes y despejó todas las preocupaciones. Era un joven alto y rubio, de veintiocho a treinta años, para el cual adoptar un aire serio e importante constituía algo imposible. Si hubieran anunciado un incendio en la calle, su rostro no se hubiera mostrado lúgubre. Era hombre muy agradable, aunque alguna vez se le hubiera podido reprochar a sus encantadoras facciones una expresión un poco estúpida, la del hombre que empieza a tener la costumbre de embriagarse. El hecho era que no tenía sentido común, pero sí el mejor corazón del mundo y un fondo de alegría increíble. Acababa de disipar una gran fortuna, que un padre extraordinariamente avaro le había dejado hacia tres o cuatro años. Había marchado de París, donde sufrió persecución por haber dedicado bromas pesadas a un augusto personaje. Era un hombre único para organizar excursiones, y nada ni nadie podía aburrirse donde él se encontrara. Pero la señora d’Hoquincourt conocía todos sus encantos y la sorpresa, elemento tan esencial para su felicidad, era ya imposible. Goello, que lo sabía por la misma señora d’Hoquincourt, gastaba bromas de mal gusto al señor d’Antin, cuando entró el conde de Vassigny.