Rojo y blanco

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—Sólo tiene usted un medio para durar, mi querido d’Antin —le dijo Vassigny—, muéstrese razonable.

—Me aburriría de mí mismo. Yo no tengo el valor de usted. Ya tendré tiempo de ser formal cuando me halle definitivamente arruinado; entonces, para aburrirme de una manera útil, pienso meterme en política y en las sociedades secretas en honor de Enrique V, que es mi rey. ¿Me dará usted una plaza en ellas? Mientras espero, señores, como veo que están ustedes muy serios y todavía dormidos por la amabilidad de la casa de los Marcilly, juguemos a ese juego italiano que les enseñé el otro día, el faraón. El señor de Vassigny, que no lo conoce, cortará; Goello no podrá decir que arreglo las reglas del juego para poder ganar siempre. ¿Quién sabe jugar al faraón?

—Yo —dijo Leuwen.

—¡Pues bien!, sea usted lo bastante amable para vigilar al señor de Vassigny y hacer que cumpla las reglas del juego. Tú, Roller, serás el croupier.

—Yo no lo seré —dijo Roller con tono seco—, porque me marcho.

El hecho era que el conde Roller creía haberse dado cuenta de que Leuwen, a quien no había encontrado nunca en casa de la señora d’Hoquincourt, iba a desempeñar un papel muy destacado en aquella velada, y esto no podía digerirlo. Se fue.


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