Rojo y blanco

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Gran parte de la buena sociedad de Nancy, sobre todo la gente joven, no podía sufrir a Leuwen. Había tenido la triste cualidad de darle dos o tres contestaciones insolentes, que pasaron, incluso a sus ojos, por muy espirituales, y le crearon enemigos mortales.

—Después del juego, a media noche —prosiguió d’Antin—, cuando se hayan arruinado como dignas personas de su rango, iremos a cenar a la «Grande-Chaumière». (Era el mejor restaurante de Nancy, instalado en un viejo jardín de un convento de cartujos abandonados).

—Consiento en ello —dijo la señora d’Hoquincourt—, si se trata únicamente de un tentempié.

—Sin duda —replicó d’Antin—; y como Lafiteau, que tiene un excelente vino de Champagne, y Piebot, los únicos helados del país, podrían estar acostados, voy a ocuparme, en nombre del tentempié, de conseguir vino y hacer que lo pongan a refrescar. Lo mandaré a la «Grande-Chaumière». Mientras esperamos, señor Leuwen, he aquí cien francos; hágame usted el honor de jugar por mí, y no intente seducir a la señora d’Hoquincourt o me vengaré pasando por casa de los Pontlevé para denunciarle.


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