Rojo y blanco

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Todo el mundo obedeció a lo que había decidido d’Antin, incluso el político Vassigny. Jugaron, y al cabo de un cuarto de hora la partida se hallaba bastante animada. Era lo que d’Antin había pensado para acabar definitivamente con el deseo de bostezar, adquirido en casa de la señora Marcilly.

—Tiro las cartas por la ventana —advirtió la señora d’Hoquincourt—, si alguien apuesta más de cinco francos. ¿Es que quieren convertirme en una marquesa en bancarrota?

D’Antin regresó y a medianoche salieron para dirigirse hacia el jardín de la «Grande-Chaumière». Un pequeño naranjo en flor, el único que había en Nancy, se encontraba colocado en medio de la mesa. El vino estaba perfectamente helado. El refrigerio fue muy alegre, nadie se embriagó, y a las tres de la madrugada todos se separaron como los mejores amigos del mundo.

Así es como una mujer pierde, en provincias, su reputación, aunque de esto la señora d’Hoquincourt se burlaba francamente. Al levantarse al día siguiente, fue a ver a su marido, el cual le dijo abrazándola:

—Haces bien en divertirte, pobre pequeña, ya que tienes valor para ello… ¿Sabes lo que ha sucedido en N…? Este rey a quien tanto odiamos se está perdiendo, y después de él vendrá la república, que le cortará el cuello, no solamente a él, sino también a nosotros.


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