Rojo y blanco

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—A él, no, es demasiado inteligente. En cuanto a ti, te mandaré al otro lado del Rhin.

Leuwen prolongó cuanto le fue posible su estancia en casa de los d’Hoquincourt, hasta salir con los últimos de sus compañeros de velada y se unió al pequeño grupo que iba disminuyendo en cada esquina de la calle, a medida que cada uno de ellos tomaba el camino de su casa; por último, acompañó fielmente al caballero del grupo que vivía más lejos. Habló mucho y experimentaba una repugnancia mortal a encontrarse solo consigo mismo. Y era que, en casa de los d’Hoquincourt, mientras escuchaba las explicaciones y demás amabilidades de aquellos señores e intentaba conservar, por medio de frases adecuadas, la posición que la señora d’Hoquincourt parecía atribuirle y que no era precisamente la de un niño, había tomado una decisión para el día siguiente.

Se trataba de no presentarse en casa de los Pontelevé. Sufría.

«Si es preciso —se decía—, habrá que tener buen cuidado en su honor, ya que si me abandono a mí mismo, veré como se extiende y amplía el desprecio en vez de la preferencia que algunas veces me parece evidente que ella siente por mí. Por otro lado, ¡Dios sabe qué nuevo insulto me prepara si voy a su casa mañana!».

Estos dos pensamientos, que se presentaban en su mente sucesivamente, constituyeron un infierno para él.


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