Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquel mañana llegó rápidamente, y con él apareció el profundo sentimiento de felicidad del cual iba a privarse si no se presentaba en casa de los Pontlevé. Todo le parecía sin importancia, descolorido y odioso en comparación con aquella deliciosa turbación que experimentaba en la pequeña biblioteca, frente a la mesita de caoba ante la qué ella trabajaba mientras le escuchaba. La sola resolución de presentarse allí, cambiaba su posición al instante.
«Por otra parte, si no voy esta tarde —se añadía Leuwen—, ¿cómo presentarme al día siguiente? (Su mortal embarazo recurría a lugares comunes). ¿Deseo, después de todo, cerrarme las puertas de esta casa? Y además por una tontería, en la cual quizá tuve yo mi parte de culpa. Podría pedir un permiso al coronel e ir a pasar tres días en Metz… Sería como castigarme a mí mismo, y me moriría de pena».