Rojo y blanco

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El sonido de aquel carillón decidió a Leuwen. Sin darse cuenta de nada, sintió la viva sensación del estado de felicidad plena que gozaba todas las tardes cuando escuchaba aquellos cuartos y medios cuartos de hora y sufrió un profundo disgusto por los sentimientos tristes, crueles y egoístas, de que era presa desde la víspera. Incluso era cierto que mientras se paseaba por aquel triste baluarte, consideraba a todos los hombres viles y malintencionados. La vida le parecía árida, desnuda de todo placer y de cuanto la hace digna de ser vivida. Sin embargo, al oír el carillón, electrizado por aquella comunidad de sentimientos de dos almas grandes y generosas, que hacen que se entiendan con medias palabras, precipitó sus pasos hacia la casa de los Pontlevé.

Pasó rápidamente por delante dé la portera.

—¿Adónde va usted, caballero? —le preguntó ésta con su vocecilla temblorosa, levantándose de su taburete como para correr tras él—. La señora ha salido.

—¡Cómo!, ¿ha salido? ¿De verdad? —dijo Luciano.

Quedó aniquilado y como petrificado.

La portera tomó su inmovilidad por incredulidad.

—Sí, hace ya una hora —prosiguió ella con aire candoroso, ya que sentía simpatía hacia Leuwen—; vea usted que las puertas de la cochera están abiertas y el coche no está.


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