Rojo y blanco
Rojo y blanco Al oír estas palabras, Leuwen salió de la casa y en dos minutos se halló de nuevo en el baluarte. Miraba sin ver el foso cenagoso, y a lo lejos, la llanura árida y desolada.
«¡Tengo que reconocer, que ha sido ésta una linda expedición! Ella me desprecia… Hasta el punto de salir de casa adrede una hora antes de aquélla en que cada día tiene la costumbre de recibirme. ¡Digno castigo a una cobardía! Esto debe servirme de enseñanza para el porvenir. Si no tengo el valor suficiente para quedarme cerca de ella, ¡pues bien!, será necesario solicitar un permiso para ir a Metz. Sufriré, pero nadie podrá ver el interior de mi corazón y al hallarme lejos de estos lugares evitaré la posibilidad de cometer equivocaciones como ésta que deshonran. Olvidemos a tan orgullosa mujer… Después de todo, yo no soy ningún coronel; sólo hay locura en mí, y es una verdadera insensibilidad al desprecio obstinarse en luchar contra la carencia de un título nobiliario o de un rango social».
Corrió hacia su casa, enganchó por sí mismo los caballos a su calesa, maldiciendo la lentitud del cochero, y se hizo conducir a casa de la señora de Serpierre. Esta señora había salido, y la puerta estaba cerrada.
«Es evidente que, hoy, todas las puertas de la ciudad estarán cerradas para mí».