Rojo y blanco
Rojo y blanco Montó en un caballo de silla y se fue al galope al «Cazador Verde»; las señoras de Serpierre no estaban allí. Recorrió con furor las avenidas de aquel hermoso paraje. Los músicos alemanes bebían en una taberna próxima y al advertir su presencia corrieron a acercársele.
—Señor, señor, ¿quiere usted que toquemos los duos de Mozart?
—Sí, claro, sin duda.
Les pagó y se metió en el coche para regresar a Nancy.
Fue recibido en casa de la señora de Commercy, donde mostró una profunda gravedad. Jugó dos partidas de whist con el señor Rey, gran vicario de Su Ilustrísima el obispo de Nancy, sin que este anciano y gruñón compañero de juego pudiera reprocharle el más mínimo error.